El refresco
El día comienza alimentando nuestra masa madre. Le proporcionamos harina fresca y agua para despertar su fuerza y prepararla para la nueva hornada. Es el primer paso vital para asegurar una fermentación óptima.
Nuestro obrador es un espacio dedicado a la paciencia y la tradición. Aquí, cada madrugada, el agua, la harina y la sal cobran vida mediante métodos ancestrales para ofrecer un pan con verdadero carácter.
No utilizamos atajos. Nuestras masas fermentan lentamente durante horas, a menudo de un día para otro. Esta fermentación extendida es el secreto para desarrollar una profundidad de sabor inigualable y una textura que respeta la digestión.
Solo harina, agua pura y sal. Sin aditivos, sin conservantes, sin levaduras comerciales.
Cada hogaza es dividida y formada individualmente por nuestros panaderos, respetando la estructura de la masa.
Cuidamos de nuestro fermento natural a diario, alimentándolo con harina fresca y agua. Es una cultura viva que aporta el carácter único, la acidez equilibrada y la miga perfecta a todas nuestras elaboraciones.
Esta dedicación diaria asegura que cada pan que sale de nuestro horno lleve consigo la historia y la vitalidad de nuestra propia masa madre.
El día comienza alimentando nuestra masa madre. Le proporcionamos harina fresca y agua para despertar su fuerza y prepararla para la nueva hornada. Es el primer paso vital para asegurar una fermentación óptima.
Integramos los ingredientes suavemente. A través de pliegues periódicos y un reposo prolongado, dejamos que la masa gane estructura y elasticidad de forma natural, sin forzar el gluten.
Con manos expertas, damos forma a cada pieza con delicadeza para mantener los alveolos formados durante la fermentación. Cada pan es único y lleva la firma del panadero que lo moldeó.
El momento culminante. La paciencia se transforma en pan caliente y aromático al contacto con el calor intenso del suelo del horno, creando una corteza gruesa, caramelizada y crujiente.
Hablamos directamente desde el obrador.